domingo, 19 de abril de 2009

Capítulo II - Acronos

Manuel se talla los ojos e intenta enfocar hacia su interlocutor. Esta sorprendido. Era un joven de tez morena, cabellos revueltos y estatura media. Están frente a frente, el joven escanea con la mirada a Manuel y viceversa.

- Hmm, soy Manuel – le tiende la mano – volaba por el paralelo 26 cuando a los treinta y dos minutos aproximadamente… dejaron de funcionar los radares y los motores dejaron de responder, es un cessna 340, estoy incomunicado con mi torre de control, nunca me había pasado esto, pensé que no habría nadie por aquí… parece un desierto, quizá tú puedas ayudarme… ¿sabes qué hora es? Tengo tanta prisa por estar en Durango. – Manuel nunca había dado tantas explicaciones, pero expuso su problema rápidamente para no perder tiempo -

A aquél extraño las últimas palabras le resultaron absurdas.
- Meier, - ese era su nombre. Sonriendo mostró su blanca dentadura, al menos la sonrisa siempre ha sido un lenguaje universal. - Acompáñame al centro, iremos por ayuda. – agregó-

Manuel dio un suspiro de alivio y lo siguió. En el camino estaba inquieto miraba su reloj, sus zapatos empolvados, los cabellos cafés y revueltos de Meier, quien lideraba el paso; su reloj de nuevo y sin saber la hora siguió contando los pasos: Caminaron tres mil quinientos sesenta y tres pasos al noroeste. Hasta que se comenzó a escuchar bullicio y actividad Meier se detiene, Manuel levanta la mirada.

No lo podía creer, cantidad de gente abundaba este lugar, de todas las edades, aunque era escaza la gente mayor. Todo parecía una tarde cualquiera de una ciudad poco peculiar: niños correteando, muchachas leyendo, otras pintando, jóvenes bailando, vio también un grupo de señoras dando clases de música y los señores llevando carretones, pintando bardas, o simplemente paseando por la plaza, el lugar parecía un centro histórico en pleno apogeo.
Algunas muchachas y muchachos saludaron a Meier y miraban con extrañeza a Manuel.
- Vamos conozco un taller. – le dijo Meier al ver que Manuel se detenía a observar. -
Manuel no daba crédito a lo que veía. Había viajado por todo México, viajes rápidos por supuesto: express, cosas de trabajo y punto de regreso; pero nunca había visto tan singular sociedad. Ni siquiera parecían nacionales.
- Este es el centro de Ácronos – le explico Meier -
- ¿Acro… qué?
- Ácronos… no toda la ciudad es así: los acronianos somos muy diversos y de cuando en cuando nos gusta cambiar de actividades y profesiones que estén en boga.
Manuel comprendía poco. No le parecía una ciudad cualquiera, ¡vaya suerte haber caído ahí! pero mientras caminaba y contaba los pasos hizo preguntas:
- Profesiones… ¿Cuál es tu profesión?
- ¿la mía? Actualmente trabajo en la carpintería, la pastelería, y soy publicista.
Manuel se detuvo. Diez mil ochocientos seis pasos llevaba.
- ¿Publicista, carpintero y panadero?
- Pasteles. sí señor, y debo decirle que exquisitos.
- Ah!, ¡te dedicas a los negocios! – y lo miró no parecía un joven de negocios, pero había que darle sentido a las respuestas del jóven -
- ¿negocios?
- Si negocios, empresas…, gente que administra la producción de bienes y servicios, conoce el mercado…
- ¿Al mercado? Desconozco. Yo hago lo que tenga que hacer por el momento, lo necesario, pero estas tres actividades son las que más me gustan, pero no se preocupe también he sido mecánico, diseñador de motores, y conocedor de innovación aeroespacial. – y mostró su blanca dentadura. -
A Manuel le pareció poco gracioso pero aun así soltó una pequeña carcajada.
- ¿Cuantos años tienes? – le preguntó a Meier
Meier volteó hacia él, levantó la ceja izquierda en señal de desentendimiento y volvió a sonreír:
- ¿De qué me habla?
- Sí, me sorprende que haya hecho tanto y conozca de diversos oficios pareciendo usted tan joven. ¿Qué edad tiene?
- ¿Edad?